El virus de la influenza aviar sigue representando un desafío monumental para la sanidad animal mundial, habiendo causado el sacrificio de más de 500 millones de aves de corral desde la identificación del linaje H5Nx. En este escenario, los sistemas de avicultura de pequeña escala (APE) se encuentran en una posición de extrema vulnerabilidad.
OMSA propone un cambio de paradigma para la avicultura de pequeña escala
Las pequeñas producciones son las más vulnerables al virus de la influenza aviar. OMSA emitió directrices para la prevención con un plan de 6 etapas.
Aunque son vitales para la seguridad alimentaria rural y el empoderamiento económico de las familias, los escasos recursos en estas granjas dificultan el control epidémico. Tal como advierte el nuevo informe de la OMSA: “Los sistemas de vigilancia de baja sensibilidad existentes en la APE dificultan la detección temprana, lo que aumenta la propagación del virus”.
Para hacer frente a esta realidad, la OMSA propone un cambio de paradigma orientado a la vigilancia participativa de enfermedades (VPE). En lugar de depender exclusivamente de sistemas de vigilancia convencionales, que suelen ser costosos y carecer de la flexibilidad necesaria para entornos rurales, se busca capitalizar los conocimientos de la comunidad. El documento subraya que, “con el fin de garantizar que un programa de vigilancia sea rentable, práctico y cuente con el apoyo de las comunidades locales, es esencial establecer una comunicación clara y una confianza mutua entre todas las principales partes interesadas”.
Mapeo y trabajo interconectado
El éxito de estos programas requiere involucrar de manera temprana a todos los protagonistas del sector. Las directrices establecen un marco de seis etapas, entre las que destaca el mapeo participativo de la cadena de valor. Entender el movimiento diario de aves, insumos y personas permite identificar las vías de riesgo de propagación del virus y diseñar planes de contingencia eficientes.
El rol clínico y las pruebas de diagnóstico rápido Para los profesionales de la salud animal, el rol en el terreno es indelegable. El documento de la OMSA señala que “la detección de un aumento repentino de la mortalidad puede indicar un caso sospechoso que, posteriormente, se clasifique como caso confirmado mediante un diagnóstico de laboratorio”.
Potenciar a los veterinarios locales
La OMSA insta a los países a potenciar a los veterinarios locales, los para profesionales de veterinaria (PPV) y los trabajadores comunitarios de sanidad animal (TCSA). Ellos son la primera línea de defensa para aplicar pruebas de detección rápida (como kits comerciales ELISA) en el punto de atención y notificar a las Autoridades Veterinarias.
No obstante, la organización es enfática al recomendar a los profesionales que “solo deben utilizarse kits validados para uso veterinario”, destacando el papel fundamental del criterio técnico frente a la posible aparición de resultados falsos positivos y falsos negativos en los testeos de campo.
Formación de Formadores (FdF)
Para garantizar la viabilidad a largo plazo, el documento enfatiza el modelo de Formación de Formadores (FdF). Bajo este esquema, veterinarios y epidemiólogos experimentados instruyen a los actores locales en el reconocimiento de casos clínicos, eliminación segura de carcasas y protocolos de reporte.
Este esfuerzo de integración es indispensable, ya que “los SV [Servicios Veterinarios] y los socios de la formación trabajan mancomunados con la meta de identificar cualquier laguna en los conocimientos, las habilidades o la comprensión que surja durante el proceso participativo”.
La sanidad avícola exige soluciones integrales. Fortalecer las asociaciones público-privadas y empoderar a los pequeños productores no solo mitigará el impacto devastador de la IAAP en la industria, sino que, como concluye la OMSA, “la mejora de la sanidad de la APE no solo beneficia los medios de subsistencia de los agricultores, sino que también contribuye al bienestar familiar e incrementa la resiliencia de la comunidad”
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