En zonas donde el clima y el suelo no siempre acompañan, producir maíz exige algo más que una receta general. La clave pasa por conocer mejor cada ambiente, medir las variables que se pueden medir y ajustar las decisiones de manejo según el potencial real de cada sector del lote.
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Una guía para producir más maíz en ambientes marginales
Según CREA, para que el maíz rinda más en zonas restrictivas, la clave está en medir, mapear y ajustar el manejo según el potencial de los cultivos.
Ese fue el eje del trabajo de CREA presentado en el establecimiento La Luna, en Guatraché, La Pampa, donde el objetivo es pasar de un promedio de 4.300 kilos por hectárea, logrado en los últimos 12 años, a 5.000 kilos por hectárea en la próxima década.
Entender que no todos los ambientes son iguales
En la región Semiárida, el potencial productivo cambia mucho entre campañas. Hay menos lluvias, más años secos y una mayor variabilidad climática.
“Cada año tiene un potencial distinto”, explicó el asesor técnico Diego Rotili. Por eso, el rendimiento alcanzable y el rendimiento logrado no siempre se comportan igual que en otras zonas productivas.
A esa variabilidad entre años se suma otra dentro del mismo lote: la presencia de tosca. En un mismo campo puede haber sectores con dos metros de profundidad y otros con apenas 20 centímetros. Esa diferencia cambia por completo el potencial del cultivo.
Dejar de manejar el lote “promedio”
Uno de los principales errores es tomar decisiones en base al promedio del campo.
“Si usamos el lugar promedio del campo vamos a errar siempre”, advirtió Rotili.
La propuesta es identificar los ambientes con mayor potencial y evaluar cuáles mantienen ese comportamiento a lo largo del tiempo. Es decir, dejar de pensar el lote como una unidad uniforme y empezar a construir las decisiones desde los sectores más productivos y estables.
Medir las variables que sí se pueden medir
En ambientes marginales, hay factores que no se pueden controlar, como las lluvias o la temperatura. Pero otros sí pueden anticiparse o medirse.
Entre las variables más importantes aparecen:
- Profundidad del suelo.
- Presencia y profundidad de tosca.
- Textura.
- Agua disponible.
- Nivel de nutrientes.
- Humedad al momento de la siembra.
En una región con campañas secas y menor influencia de El Niño sobre los rindes, estas variables medibles ganan peso para estimar el potencial de cada ambiente.
Mapear para decidir mejor
La agricultura por ambientes empieza por conocer el lote. Un primer paso es mapear la profundidad del perfil y detectar dónde están los sectores con mayor profundidad de tosca.
En La Luna, aunque la variabilidad aparece muchas veces en escalas pequeñas, los mejores ambientes tienden a estar agrupados. Eso permite georreferenciarlos y pensar luego en manejos diferenciados, como la aplicación variable de insumos.
La lógica es simple: donde el ambiente tiene más potencial, conviene acompañarlo con un manejo acorde.
Ajustar la densidad según el potencial
La densidad no debería ser igual en todos los ambientes.
En sectores con rindes esperados bajos, aumentar la cantidad de plantas puede reducir el rendimiento por una mayor competencia por agua. En esos casos, las densidades óptimas son bajas, cercanas a las 30.000 plantas por hectárea.
En cambio, cuando el ambiente permite aspirar a más de 5.000 kilos por hectárea, la respuesta cambia. “Ahí las densidades óptimas pasan a ser superiores a las 40.000 semillas por hectárea”, explicó Rotili.
No resignar rendimiento por exceso de cautela
En muchos campos marginales, las densidades bajas se usan como estrategia defensiva frente a la incertidumbre climática.
El problema es que, en años o sectores mejores de lo esperado, esa decisión puede dejar rendimiento sin capturar.
“Si se identifican ambientes con más potencial y se mantienen densidades bajas, queda rendimiento por capturar”, señaló Rotili.
Por eso, el desafío no es subir la densidad en todo el campo, sino hacerlo donde las condiciones lo justifican: más agua a la siembra, mayor profundidad de tosca y mejor expectativa de rendimiento.
Fertilizar donde hay más respuesta probable
La misma lógica aplica para el uso de nitrógeno y fósforo.
Cuando es posible predecir un mayor rendimiento potencial, también se pueden identificar sectores con más probabilidad de responder al uso de insumos.
En ambientes de bajo potencial, la respuesta puede ser limitada. En los mejores ambientes, en cambio, la fertilización puede acompañar mejor la expectativa productiva.
Aprovechar la flexibilidad de los cultivos
Cuando el ambiente termina siendo mejor de lo previsto, el maíz tiene algunos mecanismos que ayudan a capturar parte de esa mejora, incluso si la densidad quedó algo corta.
Uno de ellos es la prolificidad, es decir, la capacidad de una planta de generar más de una espiga. Otro es el macollaje, que implica la emisión de tallos secundarios capaces de producir espigas adicionales.
La prolificidad suele ser la estrategia más frecuente, porque depende principalmente de las condiciones alrededor del período crítico del cultivo. El macollaje requiere condiciones favorables durante una etapa más prolongada y resulta menos estable.
Elegir híbridos para ambientes restrictivos
En ambientes más inciertos o restrictivos, la elección del híbrido también pesa.
“Allí cobra mayor importancia contar con materiales que soporten esa limitación”, concluyó Rotili.
En definitiva, las estrategias de manejo permiten aprovechar un ambiente mejor de lo esperado. Pero cuando el ambiente termina siendo peor, la tolerancia al estrés se vuelve clave.
La guía práctica
Para achicar brechas de rendimiento en maíz en ambientes marginales, el camino pasa por:
- Identificar los mejores ambientes.
- Medir profundidad de tosca, agua y nutrientes.
- Evitar decisiones basadas en el promedio del lote.
- Ajustar densidad y fertilización según potencial.
- Aprovechar sectores con mayor probabilidad de respuesta.
- Elegir híbridos tolerantes al estrés en ambientes restrictivos.
La meta no es aplicar más insumos en todo el campo, sino usarlos mejor donde el ambiente permite capturar más rendimiento.
FUENTE: CREA