Durante años, la discusión sobre suplementación mineral en bovinos quedó atrapada en una lógica demasiado simplificada: suplementación oral o inyectable. Bajo esa lógica, ambas herramientas parecían excluyentes y los productores debían elegir entre una u otra, dejando en segundo plano las necesidades de cada rodeo y contexto productivo.
"Con una suplementación mineral bien hecha, se previenen más de 20 enfermedades"
El Dr. Guillermo Mattioli plantea dejar la suplementación mineral “por las dudas” y avanzar con manejo y estrategias adaptadas a cada rodeo.
Sin embargo, para el Dr. Guillermo Mattioli, el verdadero problema empieza justamente ahí: en plantear mal el debate. “Pensar que una reemplaza automáticamente a la otra es un error técnico”, sostiene en diálogo con MOTIVAR. Y va incluso un paso más allá: “No compiten. Son herramientas distintas, con objetivos y momentos distintos de uso”.
El rol indelegable de la suplementación mineral oral
A la hora de definir en qué situaciones productivas la suplementación oral sigue siendo la primera y principal opción, la respuesta radica en la propia fisiología de los bovinos. Mattioli explica que la vía oral “tiene como objetivo todos los días cubrir los requerimientos de los animales”. La lógica de este sistema consiste en calcular minuciosamente cuánta necesidad tiene un animal de determinado nivel productivo, introducir ese requerimiento dentro de una mezcla balanceada y tratar de aportarlo de forma cotidiana a través de su dieta.
No obstante, la teoría choca infinidad de veces con la compleja realidad operativa de los sistemas pastoriles argentinos. El especialista advierte que, aunque el cálculo de la premezcla mineral sea perfectamente correcto, el éxito rotundo de la estrategia depende de un factor incontrolable a campo: que el animal efectivamente lo consuma.
Y allí es donde aparecen de forma recurrente los límites prácticos. “Si la distribución no es correcta, si de golpe no hay un apetito, si no se coloca en un lugar adecuado el salero, o hay una dominante que se mueve mucho y no le da tiempo a la más sumisa a que empiece a comer; todas esas cosas van haciendo que en realidad la suplementación oral no sea perfecta”, enumera el veterinario.
El inyectable: momentos críticos y biología pura
Es justamente en estos escenarios de severas fallas operativas o de rechazo por parte de la hacienda donde la suplementación inyectable entra a jugar su partido fundamental, pero lo hace con restricciones biológicas sumamente claras que el productor debe comprender para no cometer grandes errores.
¿Cuándo se recomienda pasar a un inyectable? La respuesta depende exclusivamente del tipo de mineral que el rodeo necesite reponer.
Mattioli traza una línea divisoria estructural entre los macro y los microminerales. “Si lo que falta es un macromineral, o sea calcio, magnesio o fósforo, eso tiene requerimientos diarios de gramos. O sea que inyectarlo va a durar horas”, advierte tajantemente el especialista, desterrando de cuajo el peligroso mito de que un simple pinchazo puede suplir meses de carencia de estos elementos vitales.
En cambio, el escenario es opuesto si el faltante en el organismo es un micromineral. “El requerimiento es de miligramos por día, como podría ser cobre o zinc o selenio, ahí sí tenés la oportunidad de darte una dosis inyectable y que dure uno, dos o tres meses, depende del requerimiento”, detalla minuciosamente.
Además de reponer estas carencias específicas, la suplementación inyectable brilla con luz propia como una extraordinaria herramienta de prevención frente a los momentos críticos del rodeo. Cuando el animal es sometido a fuertes factores estresantes como un destete abrupto, un transporte prolongado en jaula o exigentes maniobras de inseminación artificial es un hecho comprobado que dejará de comer con normalidad por varios días.
En estos casos, aplicar un inyectable de forma estratégica y anticipada permite asegurar que los niveles minerales en el torrente sanguíneo no caigan drásticamente. “Ahí no estás cubriendo nada, ya te estás adelantando a un problema. Y en términos generales es el mejor ejemplo porque se complementan”, destacó.
El bolsillo y el mal diagnóstico como errores frecuentes
Al analizar el comportamiento de los productores y los errores que observa con mayor frecuencia cuando se elige una vía de suplementación sin un diagnóstico veterinario de respaldo, el experto es lapidario: “El primer error y el más grave de todos es cuando asumen que bajan los brazos con la suplementación oral”, señala, indicando que, aunque el rodeo consuma solo una porción de lo ofrecido a diario, ya se está cubriendo una grandísima parte de la necesidad metabólica y no se debe abandonar la práctica.
El segundo error, quizás el más perjudicial en términos de sanidad y eficiencia productiva, ocurre indefectiblemente al momento de la compra, cuando se reemplaza el sano criterio técnico por la estricta conveniencia económica.
A diferencia de lo que sucede al formular dietas con fuentes de energía o proteína, escatimar centavos en la nutrición mineral es letal. “Minerales buenos y baratos no existen. Es imposible”, sentenció.
Formular una premezcla que contiene múltiples macrominerales y microminerales requiere lograr una interacción química perfecta para asegurar su asimilación en el tracto digestivo del rumiante.
Finalmente, otro error gravísimo y por demás recurrente en el campo es creer ciegamente que la vía inyectable puede suplir de forma mágica absolutamente toda la necesidad mineral del animal. Pensar que con una sola aplicación esporádica de pocos mililitros se cubren meses de altísimos requerimientos de fósforo o de magnesio es, según el experto, un acto de peligrosa ilusión agronómica.
Mattioli califica a esta actitud tan arraigada como una “ilusión de confianza” que deja en franca evidencia la enorme y preocupante “falta de presencia del profesional tomando decisiones” estratégicas dentro del establecimiento.
La medición del éxito
Si bien la tentación inmediata del ganadero es mirar los índices de ganancia de peso diaria, los porcentajes finales de preñez al tacto o las tasas generales de mortandad, Mattioli aclara que medir el éxito nutricional únicamente a través de estos grandes números es extremadamente complejo e impreciso.
“Todos estos parámetros productivos normalmente son multifactoriales. Si un ternero no logra ganar el peso esperado en su recría o si una vaca no logra preñarse, puede ser causa de miles de cosas; salvo en aquellos casos extremos donde aparece una sintomatología patognomónica muy evidente”, resaltó. Por lo tanto, el verdadero valor del aporte mineral es silencioso. El objetivo primordial de suplementar bien es tachar una gran variable de la gran lista de problemas potenciales.
A modo de cierre, Mattioli aconsejó que cada elemento es capaz de provocar una enfermedad diferente.
“Dar 100 gramos de mineral es evitar 20 enfermedades, con lo cual no hay discusión con respecto a si se hace o no se hace. La posibilidad de olvidarte de 20 problemas a la vez es una bendición”, concluyó Mattioli.