Sin embargo, muchos aún no dimensionan la magnitud del problema. El motivo: en muchos casos, no la ven. Y cuando no la ven, no actúan. “Si vos tenés tres animales enfermos, están todos afectados”, resume en ese sentido el MV Miguel Mejía, con más de 30 años de experiencia a campo, diagnosticando, tratando y conviviendo con la enfermedad desde su práctica diaria.
“Como los productores no la ven, porque es lenta, porque es clínica, piensan que el animal está sano”, advierte. Lo alarmante es “cuando ves los datos de la facultad: son 28 kilos menos por cabeza infestada”.
Mejía destaca la importancia de diferenciar la sarna bovina de otras afecciones: “Este año estuve en un campo donde parecía sarna, pero era piojo masticador. La lesión es parecida, pero el tratamiento es totalmente distinto y la gravedad también”.
raspaje. sarna bovina
El raspaje, el primer paso para el diagnóstico.
Este abordaje diagnóstico inmediato, que integra observación clínica, raspaje y confirmación visual con herramientas sencillas, se ha vuelto clave para mejorar las decisiones sanitarias.
Mejía enfatiza que no se trata de opinar, sino de mostrar: “Nosotros no decimos ‘esto es sarna’, lo mostramos. Es un bicho que se ve. No hay que esperar, no hay que mandar al laboratorio. Lo ves ahí, en tu teléfono, en el mismo campo”. Este nivel de certeza es lo que permite convencer a los productores, especialmente en un contexto donde se minimizan las consecuencias.
Nunca se fue
Mejía participó de campañas sanitarias en los años 80, cuando la sarna era muy común. “Después desapareció visualmente por el uso masivo de lactonas y pour-on. Pero no se hizo un planteo de erradicación. Entonces, quedaron portadores. No es que se fue como en Australia. Allá la erradicaron hace más de 100 años. Acá la dejamos de ver. No es lo mismo”.
En ese sentido, también advierte sobre los cambios en la eficacia de los tratamientos: “Cuando las lactonas empezaron a fallar, lo primero que se dijo fue que las estábamos aplicando mal. Pero en los 80 las poníamos peor, y la sarna desaparecía igual. Hoy las ponemos bien y sigue habiendo sarna”.
Resistencia creciente
Mejía es crudo y contundente: “La resistencia está. Hay distintos grados. ¿Qué llamamos resistencia? Cuando tarda más tiempo en matar o cuando no mata. Eso ya es una forma de resistencia”, sostiene.
28 kilos pierde, al año, cada bovino infestado con sarna.
Y añade: “Tenemos muchísima más resistencia de la que se dice o quiere reconocer la industria. El inicio de toda resistencia es aplicar mal, subdosificar, repetir. Con los parásitos gastrointestinales pasó lo mismo. Hoy hay más del 90% de los campos con resistencia”.
Para nuestro entrevistado, el camino lógico sería la erradicación. “Todavía hay productos que funcionan, combinaciones que funcionan, pero yo iría a erradicación. Ahora, erradicar es fácil si después vas a evitar el ingreso. Pero si compras terneros en diez lugares distintos, ¿Cómo sabes el estatus de resistencia de esos campos?”, planteó
Ingresos sin control
“El problema es el ingreso de animales. Si radico en mi campo, pero me entra sarna de otro, pierdo todo el trabajo. Ya hay campos donde estamos recomendando volver al bañadero de inmersión. Y el buen uso de éstos”, remarcó, y dijo: “Amo los bañaderos”.
Mejía insiste en que sin control de ingresos no hay estrategia que funcione: “Hay que evaluar la situación, los riesgos, decidir si se va a erradicación o no. En función de eso, incluso cambia qué droga usar”.
Bañaderos mal hechos
“Veo bañaderos nuevos que son muy cortitos, de diez metros. No sirven. La indicación para sarna dice que tenés que sumergir la cabeza dos veces, de adelante hacia atrás. En un bañadero corto no se puede”, afirma.
Y agrega: “Además, no saben medir volúmenes: ¿Cómo dosifican? ¿Cómo bañan? Se cree que es mojar al animal, y no es eso. Un buen bañadero de inmersión implica planificación, corrales de espera, manejo de ingresos. No es solo poner plata y listo”, renegó.
El uso correcto del bañadero requiere también capacitación del personal y una rutina operativa clara. Mejía recuerda que en los 80, “todo el mundo sabía bañar y usaba el bañadero como corresponde”, pero hoy nota que “se construyen para cumplir, no para que funcionen bien”.
Asegura que algunos productores “piensan que con mojar el lomo ya está”, y eso —explica— es ineficaz para el ácaro de la sarna. “Se necesita inmersión real, buena técnica y continuidad. Si no, no sirve”, sentenció.
Una cuestión de (buen) manejo
“No creo que los productores tengan conciencia del peligro. Porque no la ven, no entienden las pérdidas. Y tampoco les gusta que les digan qué hacer.
Si la provincia dice que en la segunda semana de septiembre hay que bañar, no lo hacen”, apunta. “Yo a mis clientes les planteo: evaluá, diagnosticá, tomá una decisión. Cada caso es distinto”, refuerza el médico veterinario.
En su trabajo diario, ha implementado estrategias con buenos resultados: “Tengo clientes que erradicaron. Pero fue con diagnóstico, monitoreo, capacitación del personal, y control estricto de ingresos. Hoy, cualquiera de los empleados hace un raspaje, lo filma y me lo manda”.
Conclusión clara
“La sarna es una enfermedad sencilla. El bicho no vive más de 10 días afuera del animal. Si eliminás los bichos de todos los animales y no tenés contagio externo, se acabó. Y sin embargo no se acaba. ¿Por qué? Porque algo no estamos haciendo bien”.
Mejía remarca que erradicar es posible, pero requiere decisión. “He tenido campos donde lo logramos, y otros donde se vuelve porque no hay forma de evitar el ingreso. No alcanza con la receta o con un producto. Hay que poner reglas, controlar, coordinar.
Mientras no se tomen decisiones de fondo, vamos a seguir girando en círculo”. Y cierra con una definición concreta: “Si no lo enfrentamos como problema serio, vamos a perder las herramientas y la sarna va a seguir siendo parte del paisaje”.