En soja, la brecha entre el rendimiento posible y el que se logra en el lote no es solo un número: es una señal de manejo. Medirla y entender qué la empuja permite ajustar decisiones de nutrición y sistema para acercarse al potencial del cultivo sin depender de “magia” climática.
Según un informe presentado por Guido Di Mauro a y Fernando Salvagiotti, del EEA Oliveros INTA y CONICET, esta brecha de rendimiento, que ronda el 30% en promedio en Argentina, no solo refleja pérdidas productivas y económicas, sino que también pone en evidencia el enorme potencial de mejora a través de estrategias agronómicas y nutricionales ajustadas.
¿Qué es la brecha de rendimiento en soja?
La brecha de rendimiento se define como la diferencia entre el rendimiento máximo posible de un cultivo bajo condiciones óptimas y el rendimiento real que se obtiene en el campo. En soja, este diferencial puede explicarse por diversos factores limitantes, entre ellos la disponibilidad de agua y nutrientes esenciales como nitrógeno (N), fósforo (P) y azufre (S).
Según el informe, se estima que, en promedio, los productores argentinos obtienen un 70% del potencial productivo de sus lotes. Si bien no implica necesariamente una falla en el manejo actual, sí indica márgenes técnicos mejorables que podrían ser aprovechados para reducir esa brecha sin necesidad de depender exclusivamente del clima.
Nutrición y manejo: claves para cerrar la brecha
Los últimos estudios del INTA muestran que una parte importante de esa brecha puede abordarse con un enfoque integral de manejo agronómico. Variables como la fecha de siembra, la rotación de cultivos, el uso de fungicidas y la elección del grupo de madurez tienen su impacto. Pero es el manejo nutricional el que se posiciona como una herramienta de alto impacto y factibilidad.
Uno de los puntos clave es la fijación biológica de nitrógeno. En soja, esta fuente de N es determinante para lograr buenos rendimientos. La inoculación con cepas efectivas, la calidad de los productos utilizados y las condiciones del suelo para favorecer la simbiosis rhizobio-soja son aspectos centrales para optimizar este proceso. Cuanto más crece el cultivo, más nitrógeno puede fijar: por lo tanto, un buen desarrollo vegetativo también incide en la nutrición.
Fósforo y azufre, esenciales para el rendimiento
La disponibilidad de fósforo en el suelo continúa siendo una limitante clave. Las respuestas a su fertilización son más probables cuando los niveles de P Bray están por debajo de las 18 ppm. En cuanto al azufre, diversos ensayos de campo han mostrado aumentos de rendimiento asociados a su incorporación, especialmente en suelos con baja materia orgánica y estructura degradada.
En lotes de alta producción, también se registraron mejoras en la calidad del grano, con aumentos de hasta un punto porcentual en el contenido de proteína gracias a la aplicación combinada de fósforo y azufre.
Micronutrientes y otros elementos del sistema
Si bien el potasio aún no muestra respuestas consistentes que justifiquen su aplicación en la región pampeana, se observan descensos preocupantes en los niveles de Ca y Mg, lo cual puede afectar la fertilidad general del suelo. Además, en ciertas zonas, el boro comienza a perfilarse como un nutriente clave, con respuestas positivas cuando sus niveles son inferiores a 0,66 ppm.
Más allá de la aplicación de insumos, la estrategia de manejo debe incluir el uso de cultivos de cobertura, rotaciones planificadas y un enfoque sistémico. Se trata de aplicar los nutrientes correctos, en el momento adecuado y en la dosis justa, en el marco de un paquete tecnológico coherente.
¿Qué dicen los ensayos a campo?
El equipo del INTA comparó manejos convencionales con esquemas intensivos en distintas localidades. Los resultados mostraron incrementos de entre 100 y 200 kg/ha en los lotes con mejoras nutricionales, incluso en ambientes donde el rendimiento ya se acercaba al techo productivo. Si bien estos aumentos pueden parecer modestos, representan una ganancia concreta en escenarios de alta eficiencia, siempre que la relación insumo-producto sea favorable.
La calidad del grano también mejora con una nutrición equilibrada. Un mayor contenido de proteína es valorado por la industria, ya que mejora el rendimiento en la producción de subproductos. Aunque en ambientes de alto rendimiento la respuesta en proteína no siempre es significativa, en lotes de producción media la diferencia puede ser relevante.
Reducir la brecha es posible y necesario
En soja, conocer y cuantificar la brecha de rendimiento permite tomar decisiones agronómicas más inteligentes. La nutrición, tanto desde el punto de vista del cultivo como del sistema, aparece como un factor clave para mejorar rendimientos y avanzar hacia una agricultura más eficiente y sustentable.
Cerrar la brecha no es cuestión de aplicar más fertilizantes de manera indiscriminada, sino de aplicar mejor. Es una invitación a repensar el manejo agronómico, afinar la estrategia y hacer que cada kilo producido cuente.
FUENTE: Fertilizar