A principios de octubre ocurrió un hito para la ganadería nacional. Después de más de dos décadas de inactividad, la Argentina volvió a importar toros en pie desde Estados Unidos. El primer lote, compuesto por nueve toros Holstein, llegó bajo estricto control del Senasa y fue recibido como una señal positiva para la lechería local.
La importación fue gestionada por la empresa Select Debernardi, pionera en el desarrollo de genética bovina, y este logro representa el un símbolo de reapertura y confianza sanitaria internacional.
Cómo fue el traslado
Los toros partieron desde el estado de Ohio (EE.UU.) y fueron movilizados por tierra hasta un aeropuerto en Miami. De allí fueron fueron enviados en un vuelo carguero de fuselaje ancho hacia Argentina.
Durante el transporte aéreo, los animales viajaron en corrales especiales (cajas de madera o corrales individuales adaptados) en el avión, con equipamiento de control ambiental para mantener temperatura y oxígeno adecuados.
Una vez en Argentina (arribo en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, Buenos Aires), los toros fueron trasladados al “lazareto” (instalación de cuarentena) bajo supervisión del Senasa para cumplir un período de cuarentena de 30 días. Luego de ésta, se planificó el traslado hacia un centro de extracción de semen en Marcos Paz (provincia de Buenos Aires) para su uso reproductor.
La importación había sido interrumpida en 2002 tras los brotes de encefalopatía espongiforme bovina (EEB), y recién ahora, luego de intensas negociaciones bilaterales, se lograron establecer los protocolos sanitarios necesarios para su reactivación. Los ejemplares pasaron por cuarentena en instalaciones oficiales y cumplieron todas las normativas de bioseguridad exigidas por el Senasa.
Los toros seleccionados cuentan con genética de alto valor, incluyendo animales con gen slick, que mejora la tolerancia térmica. Esta característica los hace aptos para entornos más exigentes, permitiendo su uso tanto en sistemas pastoriles como en modelos de confinamiento total.
La importación no apunta sólo a sumar kilos de carne y litros de leche. Apunta a eficiencia, rusticidad y adaptación, pilares clave para un rodeo lechero moderno.
De lo sanitario a lo económico
Desde el sector destacan que este movimiento puede marcar un antes y un después: “Es un paso estratégico. Apostar por genética es invertir en productividad futura. No es gasto, es planificación”, señalaron desde el ámbito académico.
En un contexto económico incierto, donde la rentabilidad lechera sigue presionada, mejorar la base genética es una jugada de largo plazo que busca blindar la eficiencia reproductiva.
Bioseguridad y comercio
Este primer lote sienta las bases para futuras importaciones. Si bien los números iniciales son modestos, desde el sector esperan que se sumen nuevos embarques en los próximos meses.
Mientras tanto, se abre una nueva etapa: la de integrar esta genética con programas locales, potenciar la innovación en reproducción y, sobre todo, defender la bioseguridad nacional sin perder dinamismo comercial.