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ENSEÑANZAS EN PANDEMIA

Criterios actualizados en la vacunación de los cachorros

Al igual que en personas, es posible que perros adecuadamente vacunados y protegidos contra la enfermedad clínica por virus entéricos, puedan eliminar virus en sus heces si están expuestos al agente patógeno.
Por Por MV_ Leonardo Mauro 1 de mayo de 2021 - 00:27
En crecimiento. Durante 2020 se logró aumentar la cobertura vacunal en Argentina. En crecimiento. Durante 2020 se logró aumentar la cobertura vacunal en Argentina.

La pandemia por COVID-19 nos obligó a repensar la prevención de las enfermedades infecciosas en dos dimensiones que están íntimamente relacionadas: la individual y la colectiva. Dentro de todo lo malo, esta experiencia nos está dejando algunas lecciones y aprendizajes que servirán para encontrar el camino hacia un futuro que esperamos sea mejor.
Dentro del curso rápido sobre epidemiología que la realidad nos colocó, aprendimos la diferencia entre «letalidad» y «mortalidad». Entendiendo por “mortalidad” los decesos que cierto patógeno produce en la población en su conjunto y por “letalidad” a los fallecidos del total de infectados.
Como han postulado expertos en medioambiente, el accionar del ser humano es el principal responsable de los sucesos no deseados que nos afectan como especie, incluyendo la actual pandemia. Es importante resaltar que la actividad humana, como ha sido postulado en una publicación reciente (Horecka et al., 2020), también puede ser la responsable de algunas enfermedades estacionales graves que afectan a los perros.

Medidas de Bioseguridad

La experiencia actual nos demostró que un método efectivo para prevenir infecciones comunitarias es impulsar algunas restricciones a los individuos de una población para reducir la exposición a patógenos. Para las poblaciones humanas el distanciamiento social, el uso de tapabocas y la higiene de manos son primordiales para prevenir algunas de estas infecciones. En veterinaria la educación y conocimientos sobre bioseguridad que podamos transferir a nuestros clientes, contribuirán a evitar la exposición de cachorros jóvenes a potenciales fuentes de infección (animales enfermos y ambientes contaminados).
Además de las estrictas medidas de higiene y bioseguridad, que no siempre serán posibles de llevar a la práctica, el siguiente método con el que contamos para prevenir infecciones y/o signos clínicos de enfermedad, producidas por patógenos prevalentes, es a través de la inoculación cuidadosa y estratégica de una “serie inicial completa de vacunaciones” que logre desarrollar una respuesta inmune efectiva en los cachorros.

Uso de vacunas

Las vacunas caninas más difundidas están formuladas con virus activos atenuados que, de ser eficaces, darán al cachorro inmunidad humoral (anticuerpos) y celular (citotoxicidad). Para ello, es esencial que una cantidad del virus vacunal administrado al animal se replique y propague hacia los órganos diana. El hecho de estar atenuados no permite que los virus contenidos en las vacunas causen enfermedad (Waner, 2002).
No se ha demostrado que las vacunas utilizadas habitualmente en perros, puedan producir la enfermedad que buscan prevenir (Decaro et al., 2006). Acontecimientos de público conocimiento nos demuestran que si un individuo manifiesta signos clínicos de enfermedad pocos días luego de la vacunación, la explicación aceptada es que estaban infectados antes de la vacunación (Oraveerakul, 2003), o se infectaron inmediatamente después. En la carrera entre el antígeno vacunal y el virus de campo siempre ganará este último.
Si se administran correctamente, las vacunas protegerán a la mayoría de los individuos contra ciertas enfermedades infecciosas, pero en raras ocasiones, podrían existir casos de animales vacunados que pueden presentar la enfermedad. Debemos dejar en claro que ninguna vacuna produce protección al 100% de los animales el 100% de las veces, por lo que se sugiere que “La vacunación NO se debería tomar como una garantía de protección” (AAFP, 2020).
Hace tiempo que sabemos esto, pero el hecho de contar con vacunas muy efectivas para prevenir enfermedades en nuestros pacientes caninos nos ha llevado a una sobrevaloración de eficacia. Con cierto rigor, la actual pandemia se ha encargado de hacernos repensar algunos criterios epidemiológicos y de bioseguridad.
Hoy somos testigos en primera fila, que las vacunas mejoran las probabilidades de que un individuo esté protegido contra una determinada enfermedad. No hay forma, incluso con vacunas altamente inmunogénicas, de estar seguros de que el sistema inmunológico de un animal en particular responderá de la manera deseada. Es esperable que existan casos ocasionales de “ruptura de la inmunidad”, que es como llamamos a la situación donde la vacunación NO logrará proteger al individuo contra el desafío de campo de un agente causante de enfermedad infecciosa.
Sin embargo, si se produjera esta ruptura en un animal que ha sido vacunado adecuadamente, en raras ocasiones experimentará una forma letal de la enfermedad, siendo más típico esperar una forma leve de la misma. Dos guarismos a tener en cuenta: Protección frente a la infección vs Protección frente a la enfermedad grave.
Las vacunas son seguras y proporcionarán inmunidad protectora cuando se administran a los animales en los intervalos apropiados (Buonavoglia, 2001; Day, 2010). Además, dependiendo de la cantidad de individuos vacunados, también colaborarán en la reducción de la circulación viral y los casos clínicos de enfermedad, mediante el aumento de la inmunidad poblacional (Carter, 1987). Lamentablemente por experiencia, los veterinarios sabemos que la cantidad de animales vacunados en la región dista mucho de ser la ideal.

Consideraciones sobre la vacunación

Los esquemas de vacunaciones en humanos se encuentran estandarizados por la autoridad sanitaria en base a datos que surgen de múltiples estudios epidemiológicos, y el escenario de pandemia puso en evidencia los alcances reales que existen en el uso de vacunas en el terreno. Lamentablemente en la clínica de perros y gatos no contamos con esa información, pues incluso la aplicación de vacunas obligatorias como la antirrábica, dependen de la voluntad del tenedor del animal.
En medicina humana una baja performance de la vacuna en un individuo será compensada con el alto número de personas vacunadas, en prevención de enfermedades caninas esto raramente sucederá.
La realidad nos coloca en la necesidad de brindar protección mediante vacunas a cada uno de nuestros pacientes de forma individual, lo que amerita algunas consideraciones a tener en cuenta.
En animales jóvenes, los anticuerpos de origen materno (pasivos) pueden interferir con la producción de anticuerpos (activos) protectores inducidos por la vacunación (Pollack, 1998). Debido a esto, los expertos coinciden en que la principal causa de fracaso en la vacunación es la administración de la última vacuna del esquema inicial a cachorros menores de 16 semanas, o sea cuando todavía los anticuerpos maternos pueden interferir con el desarrollo de la inmunidad (Woolford, 2017; Altman, 2017).
Existen otras causas de fracasos en la prevención, más allá de los factores relacionados con las vacunas (cepa; errores de almacenamiento y administración), las cuales son variadas e incluyen condiciones de desafío con alta carga viral ambiental (Rika-Heke, 2015), diversidad antigénica viral, otras infecciones virales, bacterianas y parasitarias (Coyne, 2015; O’Sullivan, 1984), particularidades de raza (Houston, 1996), animales no respondedores genéticos (Kennedy, 2007) e incompetencia inmunitaria (Wiedermann, 2016).
Cuando un virus replica en las células del animal generando múltiples copias, la polimerasa puede cometer algunos errores que se traducirán en nuevas mutaciones. Algunas de estas variantes serán intrascendentes y por el contrario otras pueden modificar por ejemplo la tasa de infectividad.
Las modificaciones de ciertas partes del genoma se traducirán en cambios de la secuencias de los aminoácidos de las proteínas que codifican que pueden impedir su reconocimiento por parte de los anticuerpos. Algunas mutaciones pueden representar mecanismos importantes para la evasión inmune. Con el avance de los estudios moleculares muchos investigadores se encuentran estudiando las diferentes variantes genéticas de los principales virus que afectan a los perros y su impacto en la población (Duque-Valencia, 2019; Budaszewski, 2013; Simón-Martínez, 2007).
De esta manera en la medida que surgen nuevas variantes existirán mayores posibilidades de que las vacunas puedan perder cierto grado de eficacia, pero siempre debemos tener en cuenta que los anticuerpos generados por las mismas son del tipo policlonal, lo que significa que se unirán a distintas posiciones del mismo epitope, mejorando las posibilidades de neutralización viral. Dependiendo del tipo de vacunas utilizadas y de la forma en que son administradas, debemos sumar la respuesta celular mediada por los linfocitos T, que actúan sobre células infectadas por virus, siendo este mecanismo por lo general independiente de la variante viral involucrada.
Los síndromes de inmunodeficiencia hereditarios representan un problema probablemente cada vez mayor, debido a las políticas de endogamia intensiva que usan muchos criadores de perros. Estas inmunodeficiencias suelen ser inespecíficas y representan un número importante pero desconocido de fallas en la vacunación (Povey, 1986). Actualmente a este grupo de animales se los identifica como “No Respondedores” a la vacunación (WSAVA, 2016).
La exposición excesiva de perros a ambientes altamente contaminados y en donde la inmunidad poblacional es baja (Riley, 2005), puede superar los niveles de protección inducidos por la vacunación, los que serían suficientes en circunstancias normales (Povey, 1986). Las vacunas no siempre tendrán la capacidad de inducir respuestas inmunes que puedan prevenir todas las infecciones, pero deberían ser suficientes para minimizar la enfermedad clínica en pacientes inmunocompetentes dentro de un entorno de baja exposición viral (Yip, 2020).
Así como sucede con las personas vacunadas, es posible que perros adecuadamente vacunados y protegidos contra la enfermedad clínica, puedan infectarse y eliminar virus si se exponen al agente patógeno.
Las pautas actuales de vacunación recomiendan la aplicación de vacunas vivas atenuadas de alto título y bajo pasaje, comenzando a partir de las 6 semanas de edad y colocando a continuación dosis adicionales de vacunas cada 3 a 4 semanas hasta las 16 semanas de edad. Para animales con mayor riesgo de exposición como refugios o zonas endémicas, se recomienda comenzar la vacunación a partir de las 4 semanas y extender la misma hasta las 18 a 20 semanas de edad (DeCramer, 2011; AAHA, 2017).

Conclusiones

Vacunar animales sanos, colocando una dosis de vacuna en el momento preciso, cuando ya no estén presentes los anticuerpos maternos con capacidad de neutralizar a los antígenos de la vacuna, es el objetivo de mínima para considerar a un cachorro con su esquema inicial de vacunaciones completo.
Debido a la alta circulación de diversos patógenos que afectan a la especie canina en la región, la posibilidad de vacunar a un animal que presenta algún padecimiento subclínico se encuentra omnipresente en la práctica clínica diaria, y este es uno de los factores que se deben considerar frente a la presentación de fallas en la vacunación contra las infecciones virales principales.
Por lo tanto, la estrategia de protección y el diseño del mejor esquema de vacunaciones que sirva para prevenir enfermedades infecciosas en un perro, siempre debe estar en manos del médico veterinario conocedor de las características epidemiológicas de la zona en donde vive cada animal. Es muy importante, informar adecuadamente para que los tutores de perros cumplan con las fechas establecidas por el profesional, pues los intervalos entre vacunaciones son una de las claves para obtener la protección efectiva.

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