La historia de Juan Vaquero es la de muchos profesionales argentinos que combinan una profunda vocación con la búsqueda de una mejor calidad de vida. Oriundo de la zona norte del Gran Buenos Aires, específicamente de San Isidro, Juan forjó su camino con esfuerzo.
Se graduó como médico veterinario en la Universidad de Buenos Aires (UBA), un logro del que se siente profundamente orgulloso, aunque el camino no estuvo exento de sacrificios. "Me costó, obviamente, sus buenos años”, recordó.
Apenas recibido, a fines de 2017, Juan ya se encontraba trabajando a tiempo completo en un reconocido establecimiento lechero, el Tambo San Isidro Labrador, ubicado en Carmen de Areco. Allí dio sus primeros pasos profesionales como veterinario junior, rodeado de colegas que lo apadrinaron y le enseñaron el rigor del trabajo a campo.
Sin embargo, su espíritu inquieto y la ambición de ampliar sus horizontes profesionales lo llevaron a plantearse un desafío mayor: hacer una experiencia laboral en el exterior, teniendo a Estados Unidos y Nueva Zelanda como principales horizontes.
El impulso de partir y empezar desde cero
El verdadero motor de esta decisión fue su pareja, Damasia, una escenógrafa y profesora de teatro en inglés ("drama teacher") que no dudó en acompañarlo. "Le dije que a mí me gustaría hacer una experiencia laboral en otro país y ella me dijo: 'Vamos, vamos un año'", relata Vaquero en un mano a mano generado desde MOTIVAR, recordando aquel momento en el que decidieron casarse e irse a probar suerte. Así, a mediados de 2018, a pocos días de dar el "sí", aterrizaron en Nueva Zelanda.
Los primeros años exigieron una reinvención total para ambos. Se instalaron en la región de Canterbury, en la Isla Sur, y Juan comenzó trabajando en un tambo de 500 vacas con una instalación de ordeñe tipo espina de pescado.
El rol de Damasia fue fundamental en este recorrido: dejó las aulas y la escenografía urbana para insertarse de lleno en la actividad rural y asegurar sus visas de trabajo. Juan destaca su valentía incondicional: "Le sigo agradeciendo todos los días y me saco el sombrero: ella llegó hasta a manejar tractores y trabajar en el barro". Juntos se desempeñaron en tareas de guachera, ordeñe y riego durante dos años para poder estabilizarse migratoriamente.
Volver a las raíces clínicas: de tambero a técnico veterinario
Tras tres años trabajando exclusivamente en la operatividad diaria de distintos tambos y habiendo alcanzado un puesto gerencial en el campo, Juan sintió que necesitaba reconectar con su verdadera profesión. "No estaba aprovechando todos los años de carrera que había hecho y la verdad es que me habían costado un montón", confiesa a MOTIVAR.
Movido por esta necesidad, comenzó a sacrificar sus fines de semana libres para acompañar ad honorem a un veterinario local de grandes animales, solo para observar y aprender.
Esa iniciativa dio sus frutos. Juan decidió cambiar su visa y asumir el riesgo de ser contratado como "técnico veterinario" en una clínica que brinda servicios a campo.
En la actualidad, su trabajo transcurre en un 99% al aire libre, prestando servicios a establecimientos lecheros. Realiza ecografías, sangrados, evaluación de condición corporal y participa activamente en los protocolos de secado de vacas previos al invierno, tareas vitales en la sincronizada maquinaria productiva neozelandesa.
Sanidad animal e infraestructura: dos mundos contrastantes
Para un veterinario formado en Argentina, ejercer en Nueva Zelanda implica enfrentarse a un paradigma productivo y sanitario muy distinto. En términos de sanidad animal, el país oceánico goza de un estatus excepcional debido a su condición de isla y sus estrictos controles. "Tienen mucho menos enfermedades de las que nosotros manejamos allá en Argentina, como brucelosis, tuberculosis", explica Juan, agregando que problemáticas devastadoras en esta tierra como la sarna, las garrapatas o la rabia, allí son prácticamente inexistentes. “Los planes sanitarios son mucho más sencillos y básicos”, comentó.
La infraestructura y las condiciones ambientales marcan otra diferencia abismal. Mientras en Argentina un temporal puede paralizar la producción, deteriorar caminos y obligar a ordeñar vacas con el barro hasta la cintura, en Nueva Zelanda la permeabilidad del suelo pedregoso y el mantenimiento facilitan el día a día.
"Acá no conoces el camino de barro... llueve y pasás igual", ilustra Vaquero.
Esta eficiencia ambiental y tecnológica —como el riego automatizado— permite que los tambos operen con mucho menos personal en las fosas de ordeñe y en tareas anexas.
A nivel de gestión veterinaria, Juan resalta una notable diferencia en la dinámica laboral y profesional. El trato suele ser mucho más horizontal: "Te manejas con el patrón en una posición donde te sentís más horizontal", observó.
Además, la toma de decisiones clínicas cuenta con menos barreras burocráticas y económicas por parte del productor. Mientras que en Argentina proponer una extracción de sangre puede encontrar resistencias por costos o falta de insumos básicos, en Nueva Zelanda el diagnóstico de laboratorio está totalmente incorporado al flujo de trabajo inmediato.
Grandes desafíos: la validación del título y la familia que crece
Pese a estar plenamente inserto en la industria y disfrutar de una calidad de vida envidiable marcada por la tranquilidad, la seguridad y la ausencia de rejas en las casas, Juan tiene una asignatura pendiente que lo desvela: revalidar su título para ejercer formalmente como Médico Veterinario en Nueva Zelanda.
Es que el proceso es sumamente arduo, costoso y burocrático. "El examen teórico es una sola mesa al año en abril y sale como 4.000 dólares neozelandeses", detalla Juan, quien debe además tomar un avión hasta la Isla Norte para rendirlo.
Recientemente rindió el teórico por segunda vez y no alcanzó el puntaje requerido por apenas 12 puntos, un golpe anímico difícil de digerir.
De aprobar, le espera un examen práctico de una semana completa en Australia. Sin embargo, la perseverancia es su marca registrada: "Me lo tomo como un desafío. Nunca me rindo más allá de los golpes y los tropiezos. Sigo adelante, un round más, una pelea más", afirma con convicción.
Hoy, Juan y Damasia viven en un pequeño y pintoresco pueblo rural, habiendo construido paso a paso la vida que soñaron, lejos de la inseguridad que los marcó en su país natal. El matrimonio aguarda con ilusión la llegada de su primer hijo para el mes de agosto, consolidando su arraigo en aquellas tierras.
A través de su historia, Juan Vaquero demuestra que el éxito profesional no es solo un destino o una matrícula, sino la capacidad de abrazar con paciencia, trabajo duro y resiliencia cada etapa del proceso.