En el marco del ciclo de actualización sobre Enfermedades de Notificación Obligatoria organizado por la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA, especialistas del Instituto Nacional de Parasitología "Dr. Mario Fatala Chaben" han delineado los puntos claves sobre la situación actual de la Leishmaniasis canina en Argentina. La enfermedad, producida por Leishmania infantum, sitúa al perro en el centro de la escena epidemiológica bajo el concepto de "Una Salud", dada su capacidad de actuar como principal reservorio y su impacto directo en la salud pública.
El perro: de paciente a "dador de parásitos"
Para la industria veterinaria y los profesionales clínicos, el entendimiento del rol del canino ha evolucionado. Ya no se trata solo de un paciente individual, sino de una pieza clave en la cadena de transmisión. Según la Dra. Victoria Fragueiro Frías, referente del Instituto Nacional de Parasitología, el perro es el principal reservorio de la enfermedad, lo que técnicamente lo define como un "dador de parásitos al medio".
Un aspecto crucial para la clínica diaria es el estatus del animal. Un perro infectado, sea sintomático o asintomático, posee la misma relevancia epidemiológica. Aunque la clínica suele presentar linfoadenopatía, onicogrifosis (crecimiento excesivo de uñas) y lesiones cutáneas, la ausencia de signos no disminuye el riesgo que ese animal representa para la salud pública al mantener el ciclo de transmisión.
Vectores y expansión geográfica
La transmisión principal es vectorial, a través de la picadura de hembras infectadas de flebótomos. Si bien el vector principal histórico es Lutzomyia longipalpis, se ha detectado la participación de Migonemyia migonei en provincias como Córdoba y Santiago del Estero.
La enfermedad se encuentra en franca expansión. Desde la detección de los primeros vectores en Misiones en el año 2000, la leishmaniasis visceral canina y humana se ha extendido a ocho provincias: Misiones, Santiago del Estero, Formosa, Chaco, Corrientes, Salta, Tucumán y Entre Ríos.
No obstante, en zonas donde no existe el vector, los veterinarios deben estar alertas a otras vías de transmisión que cobran mayor relevancia: la vertical, la horizontal y la transfusional.
El diagnóstico según el escenario epidemiológico
Uno de los puntos más técnicos abordados por los especialistas es la definición de caso, la cual varía drásticamente según si el animal se encuentra en una zona con o sin presencia del vector.
1. Escenario CON vector: Debido a la importancia del perro en la cadena de transmisión en estas zonas, la exigencia diagnóstica se adapta. Un animal sospechoso con una serología positiva (como la técnica RK39, recomendada por su sensibilidad) se considera automáticamente un caso confirmado, al igual que si se hubiera visualizado el parásito.
2. Escenario SIN vector: En áreas sin el insecto transmisor (ej. Buenos Aires), un perro con serología positiva se clasifica solo como caso probable. Para confirmarlo, es obligatorio realizar técnicas parasitológicas de certeza (visualización del amastigote o promastigote mediante frotis, cultivo o PCR).
Tratamiento ético y corresponsabilidad
Ante un caso confirmado, las normativas vigentes plantean desafíos éticos y legales para el veterinario. Si existe un tenedor responsable y el animal es asintomático u oligosintomático, se puede optar por no realizar la eutanasia, pero es obligatorio firmar un "Acta de Compromiso de Corresponsabilidad".
Este documento establece obligaciones estrictas:
• Castración y uso de repelentes (collares/pipetas).
• Restricción de traslados desde y hacia zonas de transmisión.
• Restricción farmacológica: Existe un consenso crítico sobre el tratamiento. No se deben utilizar drogas de primera línea de uso humano (como el Glucantime o la Anfotericina B) para evitar resistencia en una enfermedad que puede ser mortal para humanos vulnerables. El tratamiento veterinario debe basarse en alternativas como el alopurinol,.
Conclusión
La leishmaniasis visceral es una enfermedad sistémica grave con una mortalidad humana del 90% si no se trata oportunamente, afectando principalmente a niños y personas inmunosuprimidas. Por ello, la vigilancia veterinaria, la notificación obligatoria y el correcto manejo del reservorio canino no son solo actos clínicos, sino intervenciones directas de salud pública.