Hoy existe un amplio consenso técnico respecto de que los planes sanitarios preventivos constituyen una de las inversiones con mejor relación costo-beneficio disponibles para proteger el capital de un establecimiento ganadero.
Diversos trabajos realizados por el INTA y otras instituciones técnicas coinciden en que el costo de implementar un plan sanitario representa apenas una fracción de las pérdidas productivas que puede ayudar a evitar.
Ese mensaje permitió que, durante las últimas décadas, la adopción de vacunas creciera de manera sostenida y que cada vez más establecimientos incorporaran tecnologías preventivas a sus sistemas de producción.
Sin embargo, el potencial sigue siendo enorme.
Por un lado, existen productores que ya vacunan, pero todavía no cuentan con un plan sanitario integral que contemple las principales enfermedades de acuerdo con su realidad productiva. Por otro, aún persisten establecimientos donde la prevención continúa cediendo lugar a las intervenciones de urgencia, una vez que el problema ya está presente.
En otras palabras, una parte importante de las pérdidas que hoy siguen provocando estas enfermedades continúa siendo, al menos en parte, evitable.
La pregunta, entonces, ya no parece ser si la sanidad conviene o no. La evidencia técnica y económica acumulada durante años permite responder ese interrogante con suficiente claridad. La verdadera pregunta es otra: ¿qué hace falta para que más productores incorporen un plan sanitario preventivo como parte de la gestión habitual de sus establecimientos?
Del costo-beneficio a la necesidad de gestión
Durante muchos años, gran parte del esfuerzo de la industria, los organismos técnicos y los propios médicos veterinarios estuvo orientado a demostrar que invertir en sanidad era rentable. Y ese trabajo dio resultados. Hoy existe una mayor conciencia sobre el valor económico de prevenir enfermedades que décadas atrás.
Sin embargo, alcanzar a quienes todavía no adoptaron un plan sanitario —o lo hacen de manera parcial— probablemente requiera ampliar el enfoque.
El trabajo de los veterinarios cada vez cobrará más valor organizando las tareas productivas.
Porque un plan sanitario no solamente ayuda a reducir el riesgo de enfermedades. También aporta organización, previsibilidad y una lógica de trabajo mucho más ordenada dentro del establecimiento.
Cuando productor y veterinario planifican juntos las vacunaciones, inevitablemente comienzan a definir calendarios, ordenar los encierres, coordinar otras prácticas de manejo, registrar información y realizar un seguimiento sistemático de los resultados.
La conversación deja de centrarse exclusivamente en una vacuna para transformarse en una mirada integral sobre el funcionamiento del rodeo.
No son pocos los casos en los que ese proceso termina siendo el punto de partida para incorporar otras mejoras vinculadas con la nutrición, el manejo reproductivo, el bienestar animal o la eficiencia productiva. Es decir, la sanidad deja de ser una acción aislada para convertirse en el primer paso hacia una gestión más profesional del establecimiento.
Quizás allí resida uno de los principales desafíos de los próximos años. Ya no alcanza con seguir demostrando que vacunar ofrece una excelente relación costo-beneficio. El verdadero salto podría estar en ayudar a que cada vez más productores comprendan que un plan sanitario preventivo no solo protege a los animales: también ordena la empresa ganadera y crea las condiciones para que el resto de las decisiones técnicas expresen todo su potencial.
Dejar de ofrecer un mismo mensaje para todos
Si el objetivo es seguir aumentando la adopción de planes sanitarios preventivos, probablemente una de las primeras preguntas que debamos hacernos sea otra: ¿todos los productores enfrentan las mismas dificultades para incorporarlos?
La experiencia recogida por MOTIVAR durante los talleres realizados junto a veterinarios, distribuidores, laboratorios y productores de distintas regiones del país sugiere que no. Y este cambio de mirada resulta especialmente importante.
Durante muchos años, el esfuerzo estuvo puesto en demostrar que la vacunación era una inversión rentable. Ese argumento permitió avanzar significativamente, pero hoy parece insuficiente para llegar a quienes todavía no incorporaron un plan sanitario o lo hacen de manera parcial.
Quizás el próximo paso consista en comprender mejor las distintas realidades productivas y, sobre todo, las barreras específicas que enfrenta cada establecimiento. Entendiendo esas diferencias será posible definir no solo qué plan sanitario necesita cada productor, sino también cuál es la mejor manera de presentarlo, implementarlo y acompañarlo para favorecer su adopción.
Existen productores que continúan sin percibir el verdadero impacto económico que generan enfermedades como los abortos, las neumonías, las diarreas neonatales o las pérdidas reproductivas. En estos casos, el desafío sigue siendo traducir la sanidad al lenguaje del negocio, mostrando con datos concretos cómo esas enfermedades afectan la cantidad de kilos producidos, el porcentaje de destete o la rentabilidad general del establecimiento. Para este perfil, la construcción de indicadores simples y la comparación con experiencias similares pueden transformarse en herramientas de enorme valor.
También aparecen establecimientos donde la principal barrera no pasa por los números sino por la fuerza de las costumbres. Son productores que construyeron su forma de trabajar a partir de años de experiencia y que naturalmente muestran cierta resistencia a modificar rutinas que consideran exitosas.
Allí, el rol del veterinario adquiere una importancia aún mayor. La confianza, el acompañamiento técnico, la demostración gradual de resultados y el intercambio de experiencias con otros productores suelen generar mejores resultados que cualquier argumento exclusivamente económico.
El recordatorio de las acciones a realizar es clave y estratégico.
Además, las agroveterinarias y los profesionales juegan un rol estratégico en recordar (siempre recordar) a sus clientes las acciones sanitarias preventivas que corresponden, en tiempo y forma.
Además, es clave insistir en las reuniones formales de trabajo entre veterinarios y productores fuera del campo. Si es en la veterinaria, mejor. Con foco en propuestas concretas y oportunidades de mejora.
En otros casos, el inconveniente es mucho más práctico.
Existen establecimientos donde las limitaciones de infraestructura, la disponibilidad de personal o la organización del trabajo dificultan la implementación de un plan sanitario completo.
En estas situaciones, probablemente el mayor aporte no pase por sumar nuevas exigencias, sino por adaptar las propuestas a la realidad operativa de cada empresa, aprovechando los momentos de manejo ya programados y construyendo calendarios sanitarios que resulten verdaderamente aplicables.
Por último, todavía persiste la percepción de que incorporar más vacunas necesariamente implica más trabajo. Para muchos productores, un plan sanitario se traduce automáticamente en una mayor cantidad de encierres, más movimientos de hacienda y una mayor demanda sobre el personal.
Sin embargo, la experiencia demuestra que una correcta planificación puede producir exactamente el efecto contrario. Cuando las vacunaciones se integran con otras prácticas de manejo, el establecimiento gana previsibilidad, disminuyen las intervenciones de urgencia y el trabajo anual suele desarrollarse de manera mucho más ordenada.
MOTIVAR sigue trabajando junto a los profesionales en definir las mejores estrategias para crecer.
En definitiva, comprender estas diferencias probablemente represente uno de los principales desafíos para los próximos años. Porque la segmentación ya no debería limitarse únicamente al tamaño del rodeo, la región o el sistema productivo. También debería contemplar cómo toma decisiones cada productor, cuáles son sus prioridades y qué tipo de propuesta es capaz de generar verdadero valor dentro de su establecimiento.
En resumen
La evidencia acumulada durante años deja pocas dudas: los planes sanitarios preventivos representan una de las inversiones más eficientes para proteger la productividad de los rodeos. Sin embargo, todavía existe un importante margen para ampliar su adopción. El próximo desafío ya no pasa solamente por seguir demostrando el valor de la prevención, sino por comprender las distintas realidades de cada establecimiento y acompañar a los productores en la incorporación de estrategias sanitarias que, además de prevenir enfermedades, contribuyan a gestionar mejor la empresa ganadera.