Sin embargo, Gabriel Bó advierte que los índices promedio de procreo y destete siguen limitando el potencial argentino y plantea el 80% de destete como un objetivo posible, integrando nutrición, sanidad, genética y reproducción.
Del costo a la inversión
La discusión ya no pasa por demostrar si la IATF funciona, sino por ampliar su utilización y capturar mejor sus beneficios. Bó suma una autocrítica: al presupuestar un programa, los veterinarios suelen explicar cuánto cuestan los insumos y el servicio, pero no siempre cuantifican el retorno por concentrar la parición, incorporar genética o producir más kilos de ternero.
“No hemos sido buenos en vender un producto que sabemos que da mucha rentabilidad, pero no la demostramos”, resumió en diálogo con MOTIVAR.
La próxima etapa sumará complejidad. Menchaca proyecta una mayor integración con semen sexado, genómica, embriones, sensores, ciencia de datos e inteligencia artificial para tomar decisiones más precisas.
También habrá que mirar lo que sucede después de la preñez. Por ejemplo, en un estudio sobre 12.000 vacas de 24 campos uruguayos, Menchaca registró pérdidas promedio del 9 al 10% entre el diagnóstico realizado a los 30-35 días de gestación y el parto, con casos de hasta 15%. El desafío ya no es solo preñar más: también será necesario diagnosticar antes, identificar pérdidas y determinar sus causas.
Más tecnología e información exigirán servicios más complejos. Y es allí donde MOTIVAR encontró otra transformación.
Una tecnología que también organizó a los veterinarios
Durante años, trabajar en equipo, delegar y construir estructuras capaces de trascender a una persona fueron desafíos para los veterinarios independientes. Pero la IATF muestra otra realidad: su dinámica hace cada vez más difícil sostener determinado volumen de manera aislada.
La temporada comienza antes de que las vacas ingresen a la manga. Hay que coordinar establecimientos, protocolos, insumos, distancias, encierres, retiros, inseminaciones y personas, respetando tiempos biológicos que no se acomodan ante un imprevisto.
Para conocer cómo se resuelve esa complejidad, MOTIVAR relevó tres experiencias concretas: Ricardo “Chiche” Chayer y el grupo Conpas, en Balcarce; Ernesto Freije, en General Pirán; y Agustina Errico junto con Veterinaria La Rural, en 25 de Mayo.
Son tres estructuras distintas ante un mismo desafío: sostener escala sin perder capacidad de respuesta, ni calidad.
Profesionales asociados
Conpas nació en 2005 y hoy reúne a siete veterinarios y tres ingenieros agrónomos. El grupo es anterior al auge de la IATF y surgió de la experiencia de Ricardo Chayer vinculada al INTA Balcarce, quien encontró en el crecimiento de la reproducción bovina encontró allí una ventaja.
Hoy su zona de influencia alcanza la provincia de Buenos Aires, sur de Córdoba, San Luis y La Pampa.
En ese marco, trabajar de forma asociada le permitió a Conpas ampliar los campos atendidos, distribuir tareas, capacitar integrantes y, fundamentalmente, contar con reemplazos.
En plena temporada, la agenda se convierte en una herramienta de gestión: contempla cantidad de animales, distancias, traslados, fechas requeridas y profesionales disponibles. Calculan una capacidad de entre 200 y 250 vientres por cada media jornada.
Esta organización también llega a la manga. Para Chayer, dos veterinarios conforman una estructura adecuada: mientras uno insemina, otro se ocupa del descongelado. Pero lo central es poder reemplazarlos.
Una enfermedad, lesión o cansancio de quien insemina no pueden alterar el protocolo. “Tenés que tener tu backup”, resume.
Ese concepto llevó al grupo a distribuir también el conocimiento.
Cuando una proporción importante de las inseminaciones quedó concentrada en uno de sus integrantes, avanzaron en capacitar a otros profesionales para asumir la función manteniendo el estándar. Cuanto menos dependa el servicio de una sola persona, mayor será la capacidad de respuesta.
Un equipo abierto
Ernesto Freije desarrolló otro modelo. Su estructura estable está integrada por cuatro personas, entre ellas su hijo Nicanor. Pero alrededor funciona una red más amplia de veterinarios y colaboradores que se incorpora cuando el volumen lo requiere.
Freije lo define como un “equipo abierto de trabajo” y reconoce que la IATF fue determinante. El aumento de los protocolos hizo evidente la importancia de asociarse, enseñar tareas y formar profesionales.
Para Ernesto Freije y su equipo, parte del exito está en la correcta planificación de los trabajos.
Vale decir que su zona de influencia está ligada a la Cuenca del Salado, atendiendo campos de cría.
La dimensión de su estrategia aparece en la planificación: Ernesto Freije trabaja con al menos dos meses de anticipación. Al momento de nuestra entrevista tenía septiembre y octubre completos, parte de noviembre definida y cerca de 90 lotes programados. La agenda diferencia sincronizaciones, retiros e inseminaciones y permite distribuir profesionales cuando las tareas coinciden. “Sin un grupo así es imposible llevarlo a cabo”, sostuvo.
Como regla, no llegan a un establecimiento menos de dos personas; ante mayores volúmenes pueden ser tres o cuatro y sumar externos.
Pero quizá lo más interesante esté fuera de la manga. Freije trabajó para que los productores confiaran en el equipo y no solo en él, de modo que el servicio continuara independientemente de quién asistiera al campo.
“Ninguno de nosotros es imprescindible”, sintetiza. Detrás de la frase hay una definición empresarial: formar personas, delegar y generar sucesión permite que el servicio deje de depender solo de quien construyó originalmente la relación con el cliente.
Una nueva realidad en el campo
En Veterinaria La Rural, ubicada en 25 de Mayo, Buenos Aires, Agustina Errico trabaja con su hermano Santiago; mientras que su padre Rubén sigue disponible cuando es necesario; además cuentan con una persona dedicada a la administración.
Para los trabajos en manga se suman dos colaboradores habituales y otras personas capacitadas según la necesidad.
Aquí, la organización también responde a un cambio que excede a la veterinaria: la menor disponibilidad de personal en muchos campos. Frente a esa realidad, comenzaron a incorporar colaboradores propios a los trabajos.
La cantidad depende de animales e instalaciones. Una manga que dificulta el movimiento de la hacienda puede obligar a sumar gente. En buenas condiciones, Errico calcula cinco o seis personas vinculadas al movimiento de los animales, además de quienes trabajan específicamente con dispositivos e inseminación.
También aquí la agenda condiciona el crecimiento. Cada nuevo establecimiento debe compatibilizarse con encierres, horarios, evolución de las pariciones y compromisos asumidos.
Un retraso en una manga puede trasladarse al resto del cronograma. Por eso, crecer no significa simplemente aceptar más trabajos.
Errico y su hermano incluso analizaron sumar veterinarios capaces de ejecutar protocolos completos en simultáneo. La discusión introduce una pregunta propia de cualquier empresa de servicios: ¿qué escala se quiere alcanzar y qué estructura será necesaria para sostenerla?
El trabajo conjunto aporta además capacidades diferentes.
“Sos más eficiente trabajando en equipo, resolvés mejor y tenés más posibilidades porque hay distintos focos, distintas maneras de ver las cosas”, destaca Errico.
De vender horas a construir una mayor capacidad
El Grupo Conpas consolidó una asociación profesional, mientras que Ernesto Freije desarrolló un núcleo estable conectado con una red abierta y Veterinaria La Rural combina una estructura familiar con colaboradores y administración. Son modelos diferentes, pero grafican un mismo fenómeno.
A medida que aumenta el volumen de las IATF a realizar, el límite deja de estar exclusivamente en la capacidad técnica del veterinario. Aparece la necesidad de organizar agendas, distribuir funciones, capacitar personas, disponer de reemplazos, administrar tiempos y lograr que el productor confíe en un estándar de servicio y no solamente en un nombre propio.
Desde el Grupo Conpas esperan superar las 15.000 IATF realizadas durante el año 2025 y llegar, al menos, a las 18.000 en la presente campaña.
La propia IATF acelera esa transformación porque no admite demasiadas concesiones. “El día de la IATF te obliga. No podés decir ‘mañana no voy’. Hay que ir”, explica Chayer.
La tecnología no solo permitió sincronizar celos, concentrar pariciones e incorporar genética. También empujó a muchos profesionales a pasar de vender exclusivamente sus propias horas de trabajo a construir capacidad a través de otras personas.
Si la IATF sigue creciendo, harán falta productos, genética y nuevas tecnologías, pero también veterinarios capaces de mostrar resultados económicos, integrar información y organizar servicios que puedan escalar sin perder calidad.
Después de más de dos décadas, parte del próximo salto dependerá de seguir consolidando algo que la tecnología ya empezó a transformar puertas adentro de la profesión: equipos capaces de hacer juntos lo que, por volumen, tiempos y complejidad, cada vez resulta más difícil hacer solos.