La ganadería argentina dispone desde hace décadas de tecnologías capaces de mejorar la productividad y la rentabilidad de los rodeos de cría. Sin embargo, la adopción sigue siendo lenta y desigual.
¿Por qué la tecnología no llega al rodeo si todos conocen sus beneficios?
La tecnología está disponible y es rentable, pero no alcanza: cultura, capacitación y sesgos explican por qué su adopción sigue frenada en la ganadería.
Un trabajo realizado a partir de una revisión bibliográfica y una encuesta a veterinarios de Buenos Aires aporta una mirada diferente: el principal obstáculo no parece ser económico, sino humano.
La cultura del ganadero, la falta de personal capacitado y diversos sesgos en la toma de decisiones aparecen como factores determinantes para comprender por qué muchas tecnologías probadas aún no llegan masivamente al campo.
No basta con que "sea rentable"
Durante muchos años se asumió que el productor incorporaría una nueva tecnología siempre que demostrara una mejora económica. Sin embargo, la realidad muestra otra cosa. Mientras algunos alcanzan excelentes índices productivos, otros mantienen tasas de destete prácticamente estancadas desde hace décadas aun teniendo acceso a las mismas herramientas técnicas y demostraciones de su potencial rentabilidad.
Las conclusiones aportadas a partir de una revisión de trabajos realizados por el INTA, universidades argentinas e instituciones de Uruguay coinciden en un punto clave: la adopción tecnológica es un fenómeno complejo donde intervienen factores económicos, pero también culturales, sociales y organizacionales.
Para profundizar esta problemática se realizó una encuesta anónima que fue respondida por 46 asesores veterinarios con experiencia en rodeos de cría bovina de la provincia de Buenos Aires. Más del 65% de ellos cuenta con más de 15 años de experiencia profesional, aportando una visión basada en años de trabajo junto a los productores ganaderos.
¿Dónde se frena la adopción?
Los resultados fueron contundentes.
Cuando se pidió valorar distintos factores que limitan la incorporación de tecnología por parte del productor (escala de 1 a 5, de menor a mayor grado de conformidad con las afirmaciones), las variables mejor puntuadas no fueron económicas.
La resistencia cultural al cambio obtuvo el mayor puntaje (3,80/5), seguida por la falta de personal capacitado (3,67/5).
Luego aparecieron aspectos como la formación del productor (3,24), la infraestructura (3,22) y la difusión técnica (3,17).
En cambio, variables tradicionalmente consideradas determinantes, como la falta de capital, el acceso al crédito o el tamaño del establecimiento, recibieron valoraciones considerablemente menores. No se descarta su influencia, pero no parecen ser los factores determinantes según la opinión de los asesores.
Estos resultados refuerzan una idea que viene creciendo en la bibliografía internacional: muchas veces el problema no es la tecnología, sino el contexto humano donde debe implementarse.
La economía del comportamiento también entra al campo
Uno de los aspectos más novedosos fue analizar la adopción tecnológica desde la perspectiva de la economía del comportamiento o conductual, una variante económica que combina la economía con psicología, y que ya posee premios Nobel en su haber (Daniel Kahneman en 2002 y Richard H. Thaler en 2017).
Los veterinarios mostraron un elevado nivel de acuerdo con afirmaciones que reflejan, a priori, sesgos comportamentales conocidos en la toma de decisiones.
El 82,6% coincidió en que al productor le cuesta invertir hoy en tecnologías cuyos beneficios económicos recién aparecerán en el mediano o largo plazo (mínimo a 2 años vista), obteniendo un promedio de 3,98 sobre 5. Aún mayor fue el consenso respecto de otra conducta frecuente: el 82,6% consideró que, frente a una sequía u otra crisis climática, muchos productores tienden a responsabilizar al clima antes que revisar las decisiones de manejo adoptadas previamente.
Esta afirmación obtuvo el promedio más alto de toda la encuesta (4,13/5).
También surgió una fuerte preferencia por las inversiones visibles.
El 71,7% de los encuestados afirmó que el productor suele priorizar la compra de un toro o de maquinaria antes que inversiones menos visibles, como mejorar la sanidad, las pasturas o la planificación reproductiva. Por su parte, más del 60% coincidió en que la clásica frase "siempre se hizo así", continúa siendo una de las principales barreras para incorporar innovaciones: la influencia de “lo cultural”.
¿Cómo lograr que sea adoptada?
Se consultó directamente a los veterinarios si habían modificado su estrategia de comunicación con los productores a lo largo de los años, al notar que los datos puramente técnicos no eran suficientes para convencerlos de adoptar.
Las respuestas fueron las que se muestran en el Gráfico N° 1.
Si bien es reducido el porcentaje de los que no cambiaron la estrategia, la mayoría realizó cambios parciales (65,2%), lo cual implica que, si bien reconocen que los datos solos no alcanzan, hay mucho espacio para el cambio de estrategia comunicacional. La última pregunta de la encuesta fue abierta y permitió conocer qué estrategias consideran más efectivas los propios veterinarios para reducir la resistencia al cambio.
La recomendación más repetida fue hacer visible el beneficio (tangibilizarlo).
En lugar de explicar únicamente las ventajas técnicas, los asesores sugieren mostrar cuánto dinero pierde el productor por no adoptar determinada práctica, utilizando indicadores simples y resultados medibles.
Otra estrategia ampliamente mencionada fue el llamado "efecto vecino".
Ver que un productor de la misma zona obtuvo buenos resultados genera mucha más confianza que cualquier presentación técnica. También aparece la importancia de comenzar con pruebas piloto, reduciendo el riesgo percibido, e invertir tiempo en construir una relación de confianza basada en la escucha y la comprensión de la realidad de cada empresa.
Mucho más que números
Los resultados muestran que la baja adopción tecnológica en la cría bovina difícilmente pueda explicarse únicamente por cuestiones económicas.
Esto no significa que no interesen los números, sino que estos son condición necesaria, pero no suficiente.
Las decisiones del productor también están atravesadas por la cultura, la experiencia previa, la percepción del riesgo, la disponibilidad de personal y distintos sesgos propios del comportamiento humano.
Para el veterinario asesor, este cambio de enfoque implica un desafío. Ya no alcanza con demostrar que una tecnología funciona.
También es necesario comprender cómo decide el productor, cuáles son sus temores y de qué manera comunicar los beneficios para transformar una recomendación técnica en una decisión concreta.
Un tema para pensar, teniendo en cuenta los aportes de la economía del comportamiento, es la posibilidad de aplicar la “teoría del empujón”, desarrollada por Thaler, que demuestra cómo pequeños incentivos o cambios en el entorno ayudan a las personas a tomar mejores decisiones, sin prohibir opciones.
Deberíamos pensar qué “empujones” o nudges podrían desarrollarse para lograr adopciones tecnológicas. En definitiva, si la ganadería argentina busca cerrar su brecha productiva, probablemente deba dedicar tanto esfuerzo a entender el comportamiento humano, como al desarrollo de nuevas tecnologías.
Allí parece encontrarse una parte importante de la respuesta a una pregunta que el sector se hace desde hace décadas: ¿por qué la tecnología no llega al rodeo si todos conocen sus beneficios?