En la ganadería hay un tipo de pérdida que no hace ruido. No se anuncia con una mortandad masiva de bovinos, ni con un brote que obligue a llamar “de urgencia” al veterinario. Se parece más a una fuga lenta: un ternero que no despega, una recría que llega tarde, un lote que “come” pero no convierte, una tropa que se inquieta y gasta energía en defenderse de algo que —en teoría— ya estaba controlado o que “no hacía falta” controlar...
¿Qué hay detrás de la mala utilización de antiparasitarios bovinos?
A pesar de la evidencia, los antiparasitarios bovinos siguen subestimando el impacto de los parásitos en la producción y la falsa sensación de control persiste.
A esa enfermedad silenciosa se la ha consolidado desde hace años bajo un nombre cómodo: “son parásitos”, abordándose con soluciones “de catálogo” y cayendo en la trampa de pensar que “hacer algo” equivale a estar controlando.
Pero en 2026, con nuevos acuerdos internacionales, precios récord y un claro potencial productivo por delante, la ganadería de carne argentina merece rediscutir estos términos: las pérdidas son evidentes, están documentadas y exponen el claro desconocimiento sobre cómo “llevar adelante la sanidad” principalmente por parte de esos productores que no cuentan con asesoramiento veterinario permanente. Es en este segmento en el cual se podría visualizar más rápida y concretamente un salto productivo.
¿De qué hablamos cuando hablamos de “parásitos”?
En cría, recría e invernada, lo que se denomina “parásitos” es en realidad un conjunto de enfermedades, con ventanas críticas y daños diferentes.
Por dentro, los parásitos internos, donde el gran bloque son los nematodos gastrointestinales (Ostertagia, Haemonchus spp, Cooperia spp, Trichostrongylusspp, Oesophagostomum spp entre otros), los cuales operan sobre todo en el post destete y la recría, donde el mayor daño está representado por las pérdidas subclínicas que se reflejan en un menor consumo efectivo, peor eficiencia y menos kilos producidos por hectárea.
Por fuera, los ectoparásitos, entre los cuales se destaca en el norte del país la garrapata común del bovino (Rhipicephalus microplus), la cual además de su daño directo, condiciona estatus sanitario y se asocia a enfermedades transmitidas, como la tristeza bovina.
Por su parte, en gran parte del país, la mosca de los cuernos (Haematobia irritans) es la reina del verano: poco espectacular, pero muy costosa. Y en cualquier región, cuando hay heridas y calor, la miasis (bichera) es el recordatorio
más crudo de que en sanidad el precio de mirar tarde se paga caro: INTA y CONICET la describen como causa de mutilaciones, infecciones secundarias y hasta muerte en animales severamente afectados.
Y hay otro parásito externo que durante años dejó de estar en el eje de la discusión, pero que hoy enciende las alarmas: la sarna. Si la garrapata genera alarma y la mosca molesta a simple vista, la sarna opera en otro registro: erosiona la producción (y las inversiones realizadas por el productor).
¿Dónde están, cuándo pegan y por qué vuelven?
En base a lo que conversamos desde MOTIVAR con veterinarios referentes en el tema, podemos resumir que los parásitos vuelven por dos causas que se potencian: biología y manejo. Y podríamos agregar: desconocimiento.
¿O será descreimiento? Porque la evidencia existe y está disponible.
En zonas como el NEA, por ejemplo, se han realizado estudios en terneros de destete que ya demostraron altas proporciones de animales con eliminación de huevos y coprocultivos con géneros dominantes típicos del complejo de nematodos gastrointestinales. El mensaje operativo es simple: la pastura “habla” todo el tiempo, aun cuando el lote no esté clínicamente enfermo.
Asimismo, podemos mencionar a la zona del NOA, donde también ya se han descripto picos post destete invernales y un segundo pico estival; dejando en claro que la estacionalidad existe, pero no se comporta igual en todo el país.
Con los ectoparásitos, la película es parecida: en el norte, la garrapata se sostiene por clima, campos “amigables” para su fase libre y movimientos de hacienda. En el centro, la mosca de los cuernos reaparece cada temporada donde hay bovinos y bosta fresca. Y la bichera vuelve cuando el calendario de manejo (castración, descorne, caravaneo, partos) se cruza con temperatura, humedad y una rutina de revisación insuficiente.
En tanto que la sarna puede presentarse en su forma psoróptica, corióptica o sarcóptica, siendo las dos primeras las más reportadas en la región central del país. La tercera, aunque menos documentada en series nacionales, puede provocar cuadros severos y altamente contagiosos.
¿Dónde y cuándo? En otoño e invierno, aunque en verano puede permanecer en niveles bajos, casi invisibles, para recrudecer cuando bajan las temperaturas y aumentan las situaciones de estrés. Esa “fase silenciosa” es una de las razones por las cuales el control suele llegar tarde.
¿Por qué vuelven los parásitos? Porque (casi) nunca se fueron.
Kilos que se pierden
Si el debate es “¿vale la pena tratar?”, la respuesta no debería ser ideológica: debería ser numérica.
En parásitos internos, diversos estudios de recría muestran que diferentes esquemas de control se asocian a mayores ganancias de peso respecto de grupos sin tratamiento, con diferencias acumuladas relevantes.
No es una invitación a “tratar por tratar”: es evidencia de que, aun con infestaciones moderadas, el costo del subcontrol existe en kilos.
Con los parásitos externos, el dato que “ordena la discusión” viene de la garrapata: en un trabajo en el noreste argentino, un control estratégico se asoció a mejoras de ganancia diaria (0,09–0,149 kg/día) y a diferencias acumuladas de 25 a 42 kg por vaquilla en el período evaluado. Ese número convierte a la garrapata en lo que siempre fue: un problema económico, no estético.
Y la mosca de los cuernos, aun con infestaciones que muchos llamarían “tolerables”, mostró en una síntesis técnica argentina una pérdida de 4,5 kg por animal en 30 días con una población promedio de 100 moscas/animal (166 g/día). El costo está en la conducta del animal: menos pastoreo, más estrés, más energía gastada en defenderse.
Por eso, umbrales y monitoreo no es burocracia: es economía.
Si lo llevamos al tablero del productor, el parasitismo compite con todo: con la inversión en pasturas, con la suplementación, con la reposición, con el alambrado, con el agua. Porque cada kilo que no se gana por parásitos es un kilo que esa inversión “no logra expresar”.
Y qué decir de la sarna, cuando en provincias como Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires y La Pampa se han documentado recrudecimientos en los últimos años, tanto en sistemas extensivos, como en feedlots con alta rotación. En condiciones invernales y con bajo plano nutricional, se han documentado pérdidas de ganancia diaria que pueden oscilar entre 240 y 675 gramos por día en cuadros psorópticos moderados a severos. Traducido al lenguaje productivo: entre 7 y 20 kilos menos en un mes.
En sistemas donde el margen se define por pocos kilos, esa diferencia es estratégica. Además, el daño en cuero, las infecciones secundarias y los retratamientos incrementan el costo indirecto. No es una enfermedad dramática.
Es una enfermedad desgastante. En 2025, Senasa actualizó los veteprocedimientos para la evaluación de productos antisárnicos bovinos, reforzando los requisitos de eficacia y seguridad. El mensaje es claro: el control ya no puede basarse en costumbre. Debe basarse en evidencia.
Errores que convierten el control en ilusión
El error más común no es “no tratar”; es tratar mal.
En primer lugar, con foco en el momento en que se aborda el tema: desparasitar por calendario sin mirar la dinámica del rodeo está mal. Organismos oficiales y veterinarios privados insisten en que un programa serio requiere diagnóstico y conocer la realidad de cada establecimiento, porque todo varía según historial y origen de animales, entre otros aspectos técnicos a considerar.
Otro error frecuente pasa por la forma de aplicar los productos, subdosificando por estimación visual o por apuro, y perdiendo de vista que, en parásitos, la subdosis no ahorra: selecciona resistencia. Es tiempo de tomar esto en serio.
También los veterinarios reportan errores de criterio: no medir eficacia. Por ejemplo, para los parásitos internos, el Test de Reducción de Conteo de Huevos o los análisis coproparasitológicos.
Si bien muchos de nuestros lectores utilizan las técnicas y siguen estos pasos, créannos que esto no es lo frecuente, ni mucho menos, en todo el país.
Otra falla pasa por la mala comunicación: el veterinario habla en términos de biología; el productor decide en términos de caja. Si no traducimos parásitos a kilos (y kilos a dólares), la recomendación se vuelve opcional.
Un detalle que explica mucha “subutilización”: cuando un productor empezó a ver fallas, a veces no dejó de perder kilos… dejó de creer. Y cuando se pierde la confianza, aparecen dos extremos: o no se trata (“¿para qué?”), o se trata de más (“por las dudas”).
En ambos casos, el sistema pierde. La salida no es más aplicación: es más información y acuerdos de manejo que se puedan auditar en el lote.
¿Hay una subutilización de antiparasitarios? Muchas veces sí, por “costo”, por desconocimiento, y por cansancio.
Pero también hay un fenómeno peor: uso sin dirección, que gasta plata y acelera los problemas.
En ambos casos, el resultado es el mismo: pérdidas invisibles y frustración.
En el tratamiento de los parásitos, lo barato, suele ser caro. No porque haya que tratar siempre, sino porque hay que tratar cuando corresponde, con el asesoramiento de un veterinario, utilizando lo que funciona y con objetivos medibles. Si no, la pérdida se esconde en el lugar más traicionero: el “kilo que no se nota”.
Clave será también que los veterinarios contemplen que hoy el diferencial pasa no por tratar animales, sino por ordenar sistemas, con diagnóstico, umbrales, evaluación de eficacia y diseño regional. Cuando el plan se vuelve dato, la conversación cambia: deja de ser gasto y se transforma en inversión.
No se trata de aplicar más productos. Se trata de aplicar mejor, medir resultados y dejar de naturalizar pérdidas que ya están documentadas.
La falsa sensación de control es cómoda. Pero en un sistema donde cada kilo cuenta, también es cara, sobre todo ahora, que empiezan las recrías y el otoño activa la presión parasitaria.