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EDITORIAL

¿Primero hay que saber sufrir?

El recambio generacional entre los veterinarios argentinos dedicados a la actividad privada es una realidad. Con distintas particularidades, los rubros de grandes y pequeños animales comienzan ya a consolidar la llegada de nuevos referentes, con desafíos distintos a los de sus predecesores.

 

 

El recambio generacional entre los veterinarios argentinos dedicados a la actividad privada es una realidad. Con distintas particularidades, los rubros de grandes y pequeños animales comienzan ya a consolidar la llegada de nuevos referentes, con desafíos distintos a los de sus predecesores.
Lejos quedaron aquellos primeros encuentros organizados por las empresas del rubro en los que diversos expertos detallaban las características de los “Baby Boomers” o los integrantes de una “Generación X”, que -a nivel general- ya comparte su día a día laboral con Millennials recibidos y hasta ya incluso con años de experiencia en la práctica de sus tareas.
¿Y cómo se llevan entre todos?
Quizás en el día a día perdamos de vista que los paradigmas que conviven en la rutina actual son realmente diversos.
No podemos olvidar que uno de los principales temas que se abordaron desde MOTIVAR en sus inicios (18 años atrás) tenía que ver precisamente con esto: con la propia convivencia entre colegas.
“Los contrato, los formo y después se van a poner una veterinaria enfrente”, nos decían en aquel momento quienes lideraban los equipos de trabajo tanto en la Ciudad de Buenos Aires, como el GBA o las distintas provincias de la Argentina. Era una frase común.
Tan común, como la respuesta que recibía por parte de aquellos que se iniciaban: “Nos pagan mal, sin ningún tipo de premio o reconocimiento y casi nunca escuchan lo que proponemos”.
Esto ocurría y muchos de ustedes lo recordarán.
En el fondo, todos hemos pensado alguna vez que quien se inicia en una actividad “tiene que empezar de abajo” … “pagar derecho de piso”. En definitiva, sufrir.
Un poco. No mucho, pero sí padecer un poco de aquellos que recordamos haber padecido nosotros en nuestros inicios.
Claro que no es casualidad. Basta con repasar las primeras estrofas de Naranjo en Flor de Floreal Ruiz, donde cantores como el polaco Goyeneche o el mismo Andrés Calamaro, dejan bien claro a través de su interpretación la visión cultural a la cual en estas líneas hacemos mención.
“Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento. Perfume de naranjo en flor promesas vanas de un amor que se escaparon en el viento” … Bien descriptivo.
¿Y hoy qué ocurre?
Como dijimos, en muchos casos, aquellos a los que se retaban porque “iban al celular con la manga” o porque “no les gustaba trabajar los sábados a la mañana”, están hoy al frente del asesoramiento de grandes campos ganaderos, de importantes veterinarias o de servicios médicos especializados en el caso de los animales de compañía.
La gran pregunta de la actualidad tiene que ver con lo que viene. ¿Cómo convivirán estas nuevas generaciones de veterinarios?
¿Lo harán de un modo más colaborativo? ¿Repetirán los “jefes” de hoy el mismo camino y conflictos con los del pasado?
A la vista de los resultados, pareciera ser que la brecha generacional se acortó y que lentamente se comienza a montar un mensaje común sobre un nuevo paradigma, en el cual la premisa tenga que ver con una mirada integradora, que promueva un intercambio transparente y positivo. Siempre.

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