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IMPORTANCIA EN EL DISEÑO DE ADYUVANTES Y ANTIGENOS

El ABC de la vacunación y la inmunidad

Opinión

Alejandra-CapozzoDRA. ALEJANDRA V. CAPOZZO
Jefe del Laboratorio de Inmunología Veterinaria Aplicada.
Instituto de Virología, INTA.
Secretaria de la Asociación Argentina de Inmunología Veterinaria (AAIV)

La vacunación es, claramente, la forma más eficaz de prevención de las enfermedades. Se basa en un concepto simple y a la vez, sorprendente: educar al sistema inmune para que responda de manera eficiente ante la presencia del patógeno. Una forma simplificada, pero no menos auténtica, es pensar al sistema inmune como un ejército que puede ser entrenado “a gusto” del inmunólogo.
Al vacunar, “bombardeamos” al sistema inmune con los patógenos, tratados de modo tal que sean incapaces de enfermar, pero que permitan lograr que el “ejército” desarrolle los soldados y las balas adecuadas para que cuando llegue el patógeno que sí puede enfermar, sea debidamente acorralado.
Las vacunas veterinarias, sobre todo las que se utilizan en grandes animales en Argentina, son de “vieja” generación. Viejo no es necesariamente malo.
Pensar que son más simples que las de nueva generación, como las recombinantes, también puede ser error. No hay nada de simple en una sopa de antígenos.
Una vacuna viral, por ejemplo, se prepara a partir de virus recogido de sobrenadante de infecciones de células en cultivo, que es luego inactivado mediante algún tratamiento que impide que el virus infecte.
Se suele usar formol, sustancias intercalantes del material genético, calor, detergentes, etc.

¿Cómo se inicia la respuesta inmune?

Cuando vacunamos, inyectamos dentro del organismo una mezcla de antígenos (quedémonos con la idea de los inactivados, los de nueva generación son material de otro artículo), con adyuvante. El adyuvante tiene varias funciones: proteger al antígeno de la degradación, vehiculizarlo eficientemente al ganglio drenante, atraer a células del sistema inmune y modular el tipo de respuesta que se va a generar. A su vez, brinda señales de daño que el sistema inmune es capaz de “leer” y preparar un ejército con más o menos células o balas, e incluso elegir el tipo de balas y la cantidad que va a producir. Es por eso que el diseño del adyuvante es tan importante como el de los antígenos.
Una vez que inyectamos la vacuna (supongamos que lo hacemos en la tabla del cuello), esta mezcla de antígeno/adyuvante “viajará” al linfonódulo drenante (en este ejemplo, el pre-escapular). Para que se active la respuesta inmune tienen que pasar varias cosas. Primero, señales de daño, que puede suceder por efecto de los “ingredientes” de la vacuna y/o por mediadores químicos que se generan incluso en el sitio de inyección (habrán visto que al inyectar las vacunas el lugar de inyección queda dañado). Estas señales de daño activan a “la patrulla celular”. Esta patrulla la componen células que censan cualquier daño.
Son como vigías del ejército, se activan ante el problema (leen la señal de daño), montan una pronta reacción (para frenar el avance el enemigo) y luego un grupo especializado transmite el mensaje en el “cuartel”, el linfonódulo.
Entre estas células de la patrulla cabe destacar el rol fundamental de los macrófagos, células dendríticas (del sistema inmune, no confundirse) y las llamadas células B, capaces de presentar antígenos a otras muy especializadas: las células T, que luego serán responsables de la destrucción especifica de las células ya infectadas (células T citotóxicas) o bien ayudarán a que se produzca un tipo de anticuerpo determinado (células T colaboradoras). El tamaño potencial estimado del repertorio de células T inmaduras y no seleccionadas, se encuentra entre 1014 y 1015 tipos distintos de receptores. Las células dendríticas y macrófagos seleccionan una de esas tanteas células T en particular, el soldado más eficiente. Y ese soldado sufre expansión clonal: multiplicación de muchos soldados eficientes e idénticos. Estas son células T activadas.
Los linfocitos B son capaces de reconocer el antígeno entero y producir una bala llamada “IgM” que tiene baja afinidad por el antígeno. Esto es, no se pega muy bien pero pega en varios puntos, como si uno utilizara un adhesivo débil pero lo pone en varios sitios de la hoja, termina pegando muy bien. Siempre sucede esto cuando entra un antígeno: se produce mucha IgM. Por otro lado, la célula B solamente puede presentar antígenos a células T activadas (activadas previamente por células dendríticas o macrófagos) y esta colaboración lleva a clonar a la célula B específica y a que esta refine sus balas: se produce por ejemplo, IgG en grandes cantidades. La “bala” más eficaz.
Para que todo esto ocurra es necesario que gran cantidad de antígeno intacto y sus señales de daño persistan en el linfonódulo por horas: así se inicia la respuesta inmune. Esto es lo que hacen con facilidad las vacunas vivas y el verdadero desafío de los vacunólogos, cuando queremos usar las inertes.
Cuando pensamos en vacunación nos preguntamos ¿qué vacuna usar? ¿Cuándo convienen aplicarla? ¿Por qué espaciar las vacunaciones?… Todas preguntas que iremos respondiendo en otros artículos.

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